miércoles, 16 de agosto de 2017

¿Por qué los hombres matan lobos?

 

Por MAURICIO ANTÓN
Vicepresidente de Lobo Marley

¿Por qué algunas personas parecen poseídas por un afán irreprimible de matar lobos? Hace años yo pensaba que la respuesta era simple: porque éstos se comen a las ovejas. Pero hoy sabemos que matar lobos es el peor método posible para evitar los ataques al ganado, y que de hecho los aumenta. Y no es lo mismo querer librarse de las molestias que causan los lobos (para lo cual existe un abanico de medidas preventivas) que el deseo de matarlos, para el cual, sobre todo a día de hoy, debe haber otro motivo. Esta cuestión me intriga desde hace mucho, pero hace unos días estuve en el lugar idóneo para ponderarla: el palacio de Riofrío, en Segovia.

Esta antigua residencia real, construida en el siglo XVIII, está rodeada de una impresionante finca donde sus majestades gustaban de darle al gatillo, y algunas de sus estancias se reformaron a mediados del siglo XX convirtiéndolas en un «Museo de la Caza». Su exposición incluye abundantes cadáveres de lobos cuya contemplación puede ser deprimente, pero también instructiva. En una de las paredes palaciegas, por ejemplo, nos encontramos clavada una piel de lobo con las patas extendidas y colgada boca abajo. Parece una suave aunque siniestra alfombra pero, abajo del todo, la cabeza resulta estar «naturalizada» y nos enseña los colmillos en una mueca de ferocidad, como si el lobo desollado estuviese a punto de reptar pared abajo para mordernos los tobillos.

Este despojo forma parte de la colección de trofeos de algún aristócrata borbónico, mostrada aquí como punto culminante de la historia de la caza. Desde las paredes de la sala contigua nos contempla una multitud de cabezas de carnívoros, con belfos retraídos que dejan ver más dientes de los que parecerían caber en esas bocas, mientras sus ojos nos siguen con mirada iracunda. Muchos de ellos son, por supuesto, lobos, pero también hay una nutrida muestra de linces ibéricos, cuyos gestos histéricos contrastan con las serenas expresiones faciales que se contemplan cuando se observa al gran felino en libertad. Este aquelarre de cabezas crispadas seguramente responde a los estereotipos de la taxidermia cinegética de su tiempo, pero el museo presume de contar además con una colección de modernos dioramas, que muestran las especies «cazables» en actitudes y ambientes naturales. Así pues, nos dirigimos hacia el diorama de los lobos, que muestra una manada en la penumbra de una noche invernal. La escena está dominada por un gran ejemplar adulto en actitud de aullar. Pero el hocico levantado hacia el cielo no muestra el gesto inconfundible de un lobo que aúlla, sino que (¡de nuevo!) los labios se retraen descubriendo toda la dentición, como si el animal estuviese poseído por algún virus demencial que convierte a los carnívoros de este palacio en furias gesticulantes.

¿Es posible que un taxidermista experimentado, perteneciente a la prestigiosa saga de los Benedito, no supiese cómo aúlla un lobo, o ya puestos un pastor alemán? No lo creo. Esta inexactitud no revela desconocimiento, sino el mismo sesgo ideológico que conforma otras taxidermias cinegéticas, y que a su vez nos sugiere una respuesta a la pregunta que abre este artículo… pero no quisiera saltar a conclusiones basándome en impresiones personales.

'Museo de la Caza' en el palacio de Riofrío.

Por suerte, el afán de algunos por cazar grandes carnívoros es algo que interesa y desconcierta a científicos de diversos países, y recientemente, investigadores de universidades de Estados Unidos y Canadá liderados por Chris Darimont han publicado en la revista Biology Letters un estudio con el sugerente título de «Why Men Trophy Hunt», es decir, «¿Por qué los hombres practican la caza de trofeos?». En la introducción, los autores se preguntan por qué algunos cazadores del mundo «desarrollado» insisten en matar animales escasos y no comestibles como los carnívoros. Tras un estudio de las costumbres venatorias en diversas tribus de cazadores-recolectores, emerge una probable causa evolutiva: estos comportamientos aparentemente absurdos encajan en la teoría de la ostentación costosa ('costly signalling') según la cual los machos de nuestra especie asumen los costes elevados de cazar presas grandes y peligrosas para luego disfrutar del privilegio que implica esa demostración de superioridad. El cazador presume de su valor al enfrentarse a la fiera… y de poder pagar el coste económico de su caza. Los autores señalan que faltan datos detallados sobre el público potencial de esta ostentación pero sospechan que se dirige a la familia, los amigos, miembros de las asociaciones cinegéticas, y las redes sociales.

La teoría del artículo de Darimont y colegas (del cual he tomado prestada la expresiva caricatura adjunta) encaja con el hecho de que el lobo sea el trofeo más caro de la fauna ibérica. Ahora bien, si el cazador desea jactarse de haber matado fieras peligrosas, casi haría mejor disecando el rottweiler del vecino (siempre que el can estuviese entrenado), y por esa razón los taxidermistas exageran las expresiones de ferocidad de sus lobos. Y es que la ostentación del cazador necesita desesperadamente del mito del lobo feroz. A los principescos residentes del palacio de Riofrío no les quitaba el sueño que el lobo matase ovejas, pero sí les agradaba su reputación de ferocidad. Aquellos aristócratas no tenían que rendir cuentas de sus caprichos venatorios ante nadie, pero hoy, cuando la opinión pública es un factor a tener en cuenta, el lobby cinegético sigue fomentando la imagen del lobo feroz incluso mediante elaborados vídeos, para justificar ante el público la perpetuación de un hobby cada vez más impopular. El capricho de unos es el negocio de otros, y ambos enmascaran sus motivaciones, intentando convencernos contra toda evidencia de que matando lobos evitan que éstos se coman las ovejas. Pero en el mismo «publirreportaje» aseguran a los ganaderos que gracias a la caza hay menos lobos y a los conservacionistas que gracias a la caza hay más lobos. Tal incoherencia confirma que sus presuntos motivos son, en realidad, excusas.

Siempre es una satisfacción cuando, como en este caso, las piezas del rompecabezas parecen encajar, pero las hipótesis de la ciencia siempre dejan algún cabo suelto. Si la necesidad de presumir de matar fieras es una cualidad masculina, ¿cómo entender el fenómeno de las damas de buena posición que matan lobos? Ellas lo hacen con más discreción, pero también han de tener su público. Tal vez esto sea un recordatorio de que la psicología humana no es sexista y ser «macho» no depende del género con el que se ha nacido, sino que es, al fin y al cabo, una cuestión de actitud.

9 agosto 2017

viernes, 11 de agosto de 2017

Por matar unos lobos…


No pasa nada. O eso toca oír y leer de vez en cuando.

Y el caso es que no es posible sostener tal afirmación. No al menos en las cercanías de la Biología, ciencia que estudia los seres vivos. Sin embargo, no es difícil encontrar declaraciones equivalentes a cargo de biólogos nacionales y extranjeros [1] (incluyo ahí a responsables públicos que debieran estar asesorados por biólogos), casi siempre en relación directa con las también habituales políticas de «control de poblaciones». Puede que la afirmación tenga su origen fuera de los límites de la ciencia, al calor de culturas y religiones antropocéntricas. Pero examinar cultura, religión o sociología queda en manos de especialistas en esas disciplinas; aquí me quedo con la parte biológica [2].

En biología la afirmación no tiene sentido, digo. Para sostener que no pasa nada por matar un animal, necesitamos que se cumplan al menos dos premisas: 1) que haya suficientes animales en la misma población; y 2) que esos individuos sean equivalentes.

De 1) se ocupa el concepto de población mínima viable: el número de individuos de una especie que interaccionan entre sí con más frecuencia que con otros, y cuya probabilidad de extinción sin incluir causas externas es muy baja (e.g. menos del 5% en 50 años). Es un concepto clásico en biología de la conservación, y conjuga al menos demografía y genética [3]. Es también un concepto polémico, no por su validez general, pero sí por la capacidad real de fijar umbrales genéricos de viabilidad.

El punto 2) es menos famoso. Tratamos muchas veces las poblaciones de animales y plantas como cajas negras, por simplificar, asumiendo que no existen diferencias entre los individuos que las forman. No obstante, los biólogos sabemos —debemos saber— que los individuos de una población no son iguales. No necesariamente aportan lo mismo a la población, ni interaccionan de la misma forma con el resto de la comunidad ecológica. Es intuitivo: piensa en tu población, y si te da igual coincidir con un vecino u otro; si todos los individuos del pueblo realizan las mismas tareas, si todas las niñas cogen el mismo número de catarros, o si son igual de hábiles pintando.

Las poblaciones de animales no humanos también están compuestas por individuos no equivalentes [4]. Hay machos, hembras, adultos, juveniles, ancianos, más fuertes, más débiles, expertos, inexpertos; hay individuos con comportamientos y temperamentos muy distintos. Los lobos no son una excepción. Al contrario, son una especie particularmente social: viven en grupos familiares [5] en los que conviven individuos de distintas generaciones, y en los que existe división de funciones; cooperan para sacar adelante las camadas y para obtener alimento, y enseñan a las crías habilidades adquiridas de caza y supervivencia [6].

Dado que los individuos son distintos, sí pasa algo por matar unos lobos. Por un lado, no todos los componentes de la población son igual de vulnerables; por otro, matando unos se eliminan características genéticas y etológicas presentes o disponibles en la población, modificando por tanto la misma [7,8]. Imagina un grupo familiar constituido, al final del verano, por la hembra y el macho reproductores (los célebres alfas), un adulto de tres años, ya experimentado, un par de subadultos de un año (de tamaño idéntico a los adultos pero inexpertos), y 5 cachorros nacidos en primavera. Imagina ahora que en un control de población, de los del no pasa nada, se matan 3 (no te resultará difícil en estos tiempos y geografías). ¿Da igual qué individuos mueren? ¿Cazará el grupo las mismas presas, en el mismo sitio, con igual eficiencia, si muere alguno de los individuos experimentados? ¿Podrá defender y mantener su territorio frente a grupos vecinos? Esas son sólo algunas preguntas a contestar antes de emitir un no pasa nada, antes de restar importancia biológica al eufemismo control letal.

Y el caso es que los lobos no son una especie poco conocida, ni mucho menos. Es perfectamente posible, obligatorio para profesionales, encontrar respuestas debidamente publicadas a muchas preguntas. Algunas de esas respuestas no serán definitivas; otras deberán extrapolarse con cautela de una zona de estudio a otra (sí, ya sé que Denali no es Picos de Europa, y que en el Viejo Mundo tenemos muchas complicaciones…), pero son en cualquier caso las fuentes correctas en Biología hasta que nueva información científica las modifique, reafirme o generalice.

No es mi intención hacer aquí una revisión bibliográfica, sólo mostrar algunos ejemplos, tanto clásicos como muy recientes [9], de lo que sí se sabe:

Matar lobos fractura la estructura social de los grupos familiares, y no conlleva necesariamente que haya menos individuos en la población a medio plazo, o una reducción del impacto de la predación. La fractura social es especialmente acusada si se eliminan los individuos reproductores; la pérdida de los líderes implica frecuentemente la disolución del grupo familiar, y puede dar lugar a tasas de reproducción más altas en los grupos resultantes [10]. La ruptura social sistemática da lugar a grupos familiares más pequeños, que pueden además presentar tasas de predación superiores a las de grupos más grandes y estables; eso implicaría más presas abatidas pero menor proporción consumida de cada una [11].

¿Cómo es posible entonces que profesionales de la investigación, docencia o gestión de fauna sostengan que no pasa nada, o alguna variación equivalente?

Se me ocurren varias explicaciones, seguro que hay más. Prefiero pensar que la más frecuente será el descuido, incluyendo en el cóctel antropocentrismo y algo de desdén por la especie (pero sí, ahí me salgo de mi campo). Es posible también que no debamos interpretar ese no pasa nada en sentido estricto, sino entender que esos biólogos sólo pretenden informarnos de que matar unos cuantos individuos no implica borrar del mapa una población, ni mucho menos la extinción de la especie. O incluso pretendan quizá divulgar que por matar unos cuantos individuos no necesariamente disminuirá la densidad de población.

Bien está saberlo.

No obstante, estaría bien dejar de escatimar precisiones, y adjuntar las referencias oportunas que sostengan las afirmaciones. Convendría trasladar al público no especialista que el estatus de conservación de una población no es binario, tipo yin-yang, blanco-negro, extinto-extante [12]. Y la densidad de población no es —ni mucho menos— lo único importante en biología [13].

La Biología es una ciencia, y los biólogos somos profesionales. Creo que es mejor dejar el tono descuidado y el paternalismo para otros foros, en los que no arrastremos la profesión. Y escribo esto último en primera persona. A fin de que la profesión no se resienta, haciéndonos prescindibles, es recomendable también separar explícitamente el conocimiento científico de la opinión personal. No digo que sea siempre fácil, pero lo fácil en biología se hizo 200 años atrás, y no lo era entonces.

ASCEL
17/10/2014


NOTAS Y REFERENCIAS:
[1] En Norteamérica encontramos todo el rango de estatus de conservación de lobos, desde grupos poco afectados por mortalidad no natural hasta trampeo y exterminio; también llegan de allí ejemplos célebres de los efectos de los grupos de presión sobre las agencias medioambientales y los biólogos aledaños. Un par de ejemplos: Capps K. 1994. The Passion and Politics of Killing Wolves. Alaska, The Magazine Of Life on the Last Frontier, August 1994; Chadwick 2010, Wolf Wars. National Geographic, March 2010.
[2] Existen otros campos o vías de análisis. Una especialmente relevante sería la ética. En ningún caso pretendo desmerecerlas aquí.
[3] Shaffer ML. 1981. Bioscience 31, DOI 10.2307/1308256; Frankham R et al. 2014. Biological Conservation 170, DOI 10.1016/j.biocon.2013.12.036
[4] Bolnick DI et al. American Naturalist 161, DOI 10.1086/343878. Pueden existir excepciones, especialmente en invertebrados, en los que la reproducción asexual produzca descendientes virtualmente equivalentes. No es el caso en aves y mamíferos.
[5] El término 'manadas' es impreciso, y ha sido criticado por tendencioso: Haber GC y Holleman M. 2013. University of Alaska Press [http://www.worldcat.org/title/among-wolves-gordon-habers-insights-into-alaskas-most-misunderstood-animal/oclc/833575121]
[6] Mech LD y Boitani L (Eds). 2003. University of Chicago Press [http://www.worldcat.org/title/wolves-behavior-ecology-and-conservation/oclc/51810720]
[7] La diversidad genética de una población implica más de lo que observamos en los fenotipos en un momento dado; implica también características no expresadas, pero disponibles ante cambios ambientales.
[8] Biro PA y Dingemanse NJ 2009. Trends in Ecology and Evolution 24, DOI 10.1016/j.tree.2008.11.001; Biro PA y Post JR 2008. PNAS 105, DOI 10.1016/10.1073/pnas.0708159105
[9] Lo más reciente en publicaciones científicas no implica necesariamente sorpresas o nuevos conocimientos, sino a menudo documentar mejor, con más datos, aquellos ya existentes.
[10] Haber GC 1996. Conservation Biology 10, DOI 10.1046/j.1523-1739.1996.10041068.x; Peterson RO et al. 1984. Wildlife Monographs 88; Borg BL et al. 2014. Journal of Animal Ecology DOI 10.1111/1365-2656.12256
[11] Vucetich JA et al. 2012. Behavioral Ecology and Sociobiology 66, DOI http://dx.doi.org/10.1007/s00265-011-1277-0; Zimmermann et al. 2014. Journal of Animal Ecology, DOI 10.1111/1365-2656.12280
[12] 'Extante' sería antónimo de extinto; al parecer no ha llegado al español, y sería útil. Es habitual en inglés biológico (extant), y existe en francés y portugués.
[13] Räikkönen et al. 2013. PLoS ONE 8, DOI 10.1371/journal.pone.0067218


lunes, 7 de agosto de 2017

Así fue la primera flor


La mayor recopilación de rasgos de flores modernas revela las características que poseía el ancestro común de todas las plantas con flor hace 140 millones de años. El trabajo indica que la antigua flor de angiosperma era bisexual y radialmente simétrica, así como que las flores actuales son el resultado de la simplificación de aquel primer modelo.

1 agosto 2017

¿Qué apariencia tenían las flores hace millones de años? Esa es la pregunta que se ha hecho un grupo internacional de científicos que ha logrado reconstruir el ancestro de la flor de angiosperma. El estudio, publicado en la revista Nature Communications, presenta esta semana el aspecto del antepasado único de todas las plantas con flor que, según afirman estudios previos, existió hace más de 140 millones de años.

La nueva investigación, liderada por Hervé Sauquet de la Universidad de París-Sur (Francia), describe la antigua flor como una planta con órganos florales masculinos (estambres) y femeninos (carpelos), así como con múltiples espirales de pétalos organizados en grupos de tres.

«Reconstruimos el ancestro de la flor de angiosperma como bisexual y radialmente simétrico, con más de dos verticilos con tres órganos periantos separados cada uno, más de dos verticilos de tres estambres y más de cinco carpelos separados dispuestos en forma de espiral», asegura el equipo en el trabajo.

Por otro lado, «el estudio no solo muestra un retrato más claro de la flor ancestral, sino que también indica que la mayoría de las plantas existentes son el resultado de la simplificación de aquel modelo antiguo durante los primeros 20 millones de años de evolución floral», explica a SINC Sauquet.

Por ello, a pesar de las similitudes con algunas plantas existentes, no hay especies vivas que compartan esta combinación exacta de características. «Todas las plantas con flor han evolucionado y cambiado desde aquel ancestro, así funciona la evolución», indica el investigador.


La mayor recopilación hasta la fecha

Para obtener estos resultados, los expertos compararon una base de datos que recoge los principales rasgos de las flores actuales (en base a un total de 21 características independientes como el sexo funcional de la flor o la posición de los ovarios) con distintos modelos evolutivos de las mismas. Así, consiguieron crear un escenario más preciso sobre la evolución de las plantas con flores, que hoy suponen aproximadamente el 90% de las plantas del mundo, y asentar las bases para futuras investigaciones sobre las angiospermas.

El conocimiento sobre el origen y evolución de la flor de angiospermas continúa siendo escaso. «Cómo era polinizada, su tamaño, color, fragancia, qué clase de fruto producía tras su fertilización, qué clase de planta la producía, qué antigüedad tiene exactamente y dónde se localizaba en la tierra son algunas características que quedan por descubrir», concluye Sauquet.

Marina López Ortega



Referencia bibliográfica:
H. Sauquet et al. «The ancestral flower of angiosperms and its early diversification». Nature Communications, 01 de agosto de 2017. DOI: 10.1038/ncomms16047

martes, 1 de agosto de 2017

Terrorismo y justicia

 

    [Compilación de fragmentos, hecha por un compañero nuestro desde Alemania, de una entrevista a Agustín García Calvo transmitida por RADIO 3 —el 7 de octubre del año 1988— y que puede sernos útil como guía para entender la realidad social a día de hoy:]


Los motivos para la violencia son tantos que más bien de lo que habría que asombrarse es que la mayoría de la gente, la mayoría de las poblaciones, los normales, no caigan en acciones terroristas de ningún tipo y parezcan sobrellevar la cosa con tranquilidad y resignación…

Evidentemente ninguna banda terrorista puede compararse ni de lejos con un Estado bien organizado, ni en lo ejecutivo ni en lo judicial. Nadie puede disponer de los medios, por ejemplo burocráticos, para hacer esperar al condenado, sea a muerte —en los países que conservan la pena de muerte— o sea a otra cosa, para hacerle esperar tiempos y tiempos vacíos, hasta que desde lo alto llueva sobre él la condena y la orden de ejecución. Ninguna banda terrorista, por bien organizada que esté, puede llegar a compararse con esto…

Cualquier desesperación desde abajo está de sobra justificada y ningún terrorismo puede compararse con el que Estado y Capital, de consuno, puedan ejercer…

Es por tanto necesario ponerse al día y reconocer en las cosas más cotidianas el ejercicio de esta violencia del Estado y el Capital. Condena a muerte es lo que sufren todos los cientos y miles de conductores y pasajeros de auto, que se matan, cada año, cada fin de semana, simplemente por la necesidad que Capital y Estado tienen de imponer y de mantener, desde hace muchos decenios, los medios de transporte inferiores, los más inadecuados y los más imbéciles. Ése es un ejemplo de ejercicio de la pena de muerte…

El terrorismo de las autopistas, ése es el terrorismo de veras…

La verdad es que, si hacemos caso de la Historia, los grandes cambios se han producido muchas veces de manera no sangrienta, en contra de lo que dice nuestra oyente. Los imperios se han derrumbado muchas veces sin saber por qué, han venido a quedar sustituidos por otros; unas veces ha sido con armas y otras veces ha sido sin armas. Vaya Vd. a saber; eso es completamente azaroso y no tiene para nuestro propósito mucha importancia…

Lo que aquí se está diciendo sobre todo es que ninguna negación, ninguna rebelión, ninguna lucha contra Estado y Capital puede utilizar los mismos medios que Ellos para fines distintos. Esos medios llevan inscritos sus fines en su propia forma y, por tanto, de antemano, cualquier rebelión que utilice los medios de Estado y Capital está condenada a repetir lo mismo y a no ser, por tanto, una verdadera rebelión liberadora del pueblo…

La rebelión consiste simplemente en decir «Es mentira que, suprimido el Estado y el Capital, haya ninguna especie de caos terrorífico en el futuro»; consiste en decir «Se confía en que, a pesar de los pesares, todavía hay algo de pueblo que queda vivo y que demuestra que está vivo y que sabe decir que NO»; y, sobre todo, se piensa que este decir que No, hasta de la modesta manera que aquí lo estamos diciendo, con diferentes motivos todos los días, este decir que NO, no es un proyecto ni ninguna ley para otra forma de sociedad: es ya de por sí una acción, está haciendo ya algo, tal vez, en contra de lo previsto…

Son evidentemente los servidores que Estado y Capital tienen para esto, son los Medios de Formación de Masas —que ellos falsamente llaman medios de comunicación— quienes crean y desarrollan estos términos y estas formas de catalogación que efectivamente son muerte. En cuanto a algo se le llama de una determinada manera, y especialmente si termina en -ismo, ya se le ha matado…

Lo que sí querría hacer resaltar es que, precisamente, el hecho de que el Terrorismo sea noticia siempre, y bien lo sabemos por nuestros Medios de Formación durante todos estos años, es algo que resulta revelador respecto al engaño que el Terrorismo mismo pueda suponer. Lo sangriento, como al principio creo que estaba diciendo, es la enorme mayoría de la gente que no protesta, que no se rebela, que no cae en ninguna desesperación violenta; la gente, la inmensa población, que se contenta, al parecer, que se aguanta o que estalla solo dentro de sus casas a costa de la mujer o del marido o de los hijos; eso es lo verdaderamente sangriento de todo este dominio, de toda esta imposición de Capital y Estado. Pero eso no es noticia, de eso no se habla nunca, es preciso que la cosa tome una forma como la de las bandas armadas organizadas y con su nombre, que ellos mismos se dan, o que por lo menos sea un individuo que hace una gran barbaridad digna de El Caso, para que aquello sea noticia…

Revista Archipiélago
Nº 3/1989.